En Oban con Julio Verne y El Rayo Verde

Parece ser que Julio Verne estuvo al menos en tres ocasiones en Escocia. Su primer viaje, del que me he ocupado anteriormente en este blog, tuvo lugar en 1859. El segundo, en 1879, le lleva a Edimburgo y la costa inglesa. Así mismo, en el verano de 1880, a bordo de su yate Saint Michel III, recorre la costa de Inglaterra, Escocia, Irlanda y Noruega. Este viaje es el que rememora Verne ante el periodista Gordon Jones en 1904: «Sí, tuve una gira muy agradable en Escocia y entre otras excursiones visité un lugar conocido como Fingal’s Cave, en la isla de Staffa. Esta inmensa caverna, con sus sombras misteriosas, sus grandes cámaras oscuras y cubiertas de hierba y sus maravillosos pilares basálticos me produjeron tal impresión, al extremo de que ese fue el origen de mi libro “El rayo verde”.»

Oban-en-el-mapaEl itinerario marítimo de la joven Helena Campbell se inicia en el estuario del Clyde desde Glasgow, a donde llega con sus tíos desde Helensburg, y tal recorrido seguirá en gran medida el efectuado anteriormente por la reina Victoria en 1847 cuando visitó la franja oriental de las Tierras Altas, y que se había convertido en una ruta turística. Y Oban junto a las islas de Mull, Iona y Staffa serán los enclaves fundamentales de esta novela de amor, atípica en Verne, titulada “El Rayo verde”, que fue publicándose por entregas en el periódico Le Temps desde el 17 de mayo al 23 de junio (víspera de San Juan) de 1882. Como libro fue publicado en octubre de ese año con ilustraciones de Léon Benett. El texto, al parecer, fue escrito en 1881.

En Oban los protagonistas se alojan en el Hotel Caledonia, frente al muelle, y que aún existe como pude comprobar el 25 de julio pasado.

Caledonia Hotel - Oban. Enclave esencial en "El rayo verde" de Julio Verne.

Caledonian Hotel – Oban. Enclave esencial en “El rayo verde” de Julio Verne.

El mágico Rayo Verde

En la novela Elena rechaza casarse hasta que sus ojos no contemplen el rayo verde, cuya existencia conoce al leer un curioso relato publicado en el Morning Post el 1 de agosto (día de Lugnasad, por cierto):

«¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna. ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Es muy posible. Pero ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza?

¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis ocasión ¡se presenta tan raramente! de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.»

Y Verne, prosigue así en la novela, añadiendo:

«Éste era el artículo publicado en el Morning Post, el periódico que la señorita Campbell tenía en la mano cuando entró en la habitación. La lectura de aquella nota la había sencillamente entusiasmado. Por esto, con apasionada voz, leyó a sus tíos las líneas antedichas, que celebraban en forma lírica las bellezas del rayo verde.
Pero lo que la señorita Campbell no dijo, era que precisamente este rayo verde se refería a una vieja leyenda, cuyo íntimo sentido le había escapado hasta entonces, una leyenda inexplicable entre tantas otras, originarias del país de los Highlands, y que cuenta lo siguiente: Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en las cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo sólo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás.» Y en otro lugar añade que si era contemplado por una pareja al mismo tiempo, ambos tendrían una dichosa vida de enamorados.

¿De dónde tomó Verne esta leyenda del mágico Rayo Verde? Se ignora. Incluso puede que fuese totalmente inventada por él, aunque sí es cierto el fenómeno óptico del rayo verde. El caso es que ya había mencionado al hecho luminoso en sí anteriormente, cuando publicó otra novela ambientada en Escocia, “Las Indias negras” (1877): «El primer rayo de luz solar hirió, al fin, los ojos de la joven. Era ese rayo verde que, cuando el horizonte está limpio de brumas, brota del mar a la salida y la puesta del Sol». Es más, volvió de nuevo a citarlo en “Maravillosas aventuras del maestro Antifer” (1894): «Las últimas ondas, semejantes a líneas de fuego, temblaban bajo la brisa. Luego, este resplandor se apagó de repente cuando la parte superior del disco, rasgando la línea de agua, lanzó su rayo verde.». Y por cuarta vez apareció “El faro del fin del mundo”, novela póstuma (publicada por su hijo Michel en 1905): «Era tal la tersura de la línea entre el cielo y el agua, que un rayo verde atravesó el espacio en el momento en que el disco solar desaparecía en el horizonte».

Mas tan solo en la novela “El Rayo Verde” está dotado de ese poder de enamorar y de conocer el fondo del alma humana: “Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en las cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo sólo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás». Un poder que va más allá de lo meramente psicológico y que me parece realmente iniciático, esotérico. Esta facultad extrasensorial, paranormal, no le es otorgada a la pareja protagonista -Helena Campbell y Olivier Sinclair- al final de la novela, encaramados por encima de la gruta de Clam Shell en Staffa, dado que, arrobadas sus miradas en mútua contemplación de sus ojos cuando el sol emite su fugaz rayo verde, no pueden verlo, aunque el kairos les otorga el amor y una vida dichosa de enamorados. Y días después, ya en Glasgow, ambos se casan en la iglesia de San Jorge, ciudad en la que Helena residía durante los seis meses más fríos del año con sus tíos en una vieja mansión del West George Street del barrio aristocrático de la moderna ciudad,  cerca de Blythswood Square.

Cueva Fingal en isla Staffa

Cueva Fingal en isla Staffa

Oban en El Rayo Verde

Como he señalado, Helena y sus tíos residen durante el verano cerca de Helensburg, que Verne describe así: «Aquella aldea de Helensburgh era realmente un lugar muy bonito. Se la ha convertido en una estación balnearia, muy frecuentada por todas aquellas personas cuyas posibilidades les permiten trocar los paseos por el Clyde, por las excursiones por los lagos Katrine y Lomond, que tanto éxito tienen entre los turistas».

Julio Verne, que había recorrido en 1859 Loch Lomond camino de Loch Katrina, sabía que desde Helensburg podía el viajero encaminarse hacia Oban tierra adentro, recorriendo Loch Lomond hasta Tarbes y, desde allí –como hicimos mi familia el 31 de julio– ir hasta Inveraray para, seguidamente, bordear Loch Awe hasta Oban. Itinerario que resume del siguiente modo:

«Existían dos caminos distintos para llegar a aquella pequeña ciudad, situada en el estrecho de Mull, a un centenar de millas al noroeste de Glasgow. La primera era una ruta terrestre. Tenían que dirigirse a Bowling; desde allí por Dumbarton siguiendo la orilla derecha del Leven, se llega a Balloch, al extremo del Lomond; se atraviesa el más bello de los lagos de Escocia, con sus treinta islas, entre sus históricas orillas, llenas de recuerdos de los MacGregor y los MacFarlan, en pleno país de Rob Roy y de Robert Bruce; entonces se llega a Dalmally, y, siguiendo una ruta que se desliza por el flanco de las montañas, dominando los torrentes y los fiordos, a través de la primera etapa de la cadena de los montes Grampianos, el asombrado turista llega hasta Oban, cuyo litoral no tiene nada que envidiar a los más pintorescos de todo el Atlántico».

Los dos itinerarios citados por Julio Verne en "El Rayo Verde" (el coloreado es el que no siguió).

Los dos itinerarios citados por Julio Verne en “El Rayo Verde” (el coloreado es el que no siguió).

Pero Verne escoge en esta novela el itinerario costero seguido por la reina Victoria en 1847 que, en buena medida, debió recorrer él mismo en su yate en 1880.

Paseo-por-Oban-tras-Julio-Verne-y-el-Rayo-VerdeRespecto a Oban, Julio Verne nos habla de ella en estos términos:

«Oban, sin llegar a la altura de sus rivales, era un lugar muy estimado por los veraneantes de la Gran Bretaña. Su situación, en el estrecho de Mull, protegido de los vientos del oeste, a cuya acción directa sirve de valladar la isla de Kerrera, atrae gran número de extranjeros. Unos vienen a sumergirse en sus salutíferas aguas; otros se instalan allí como punto de partida para realizar excursiones hasta Glasgow, Inverness y las islas más curiosas del grupo de las Hébridas. Debemos añadir también que Oban no es, como ocurre con ciertas estaciones balnearias, una especie de sanatorio; la mayoría de los que acuden a pasar las vacaciones allí tienen buena salud y no hay peligro, como en ciertas estaciones, de hacer la partida de whist con dos enfermos y “un muerto”.
Oban cuenta apenas cincuenta años de existencia. Por ello, tanto la disposición de sus calles y plazas, como la arquitectura de sus casas, es más bien moderna. Sin embargo, la iglesia, de construcción normanda, con su esbelto campanario, el viejo castillo de Dunolly, cubierto de hiedra, que se levanta sobre una roca escarpada, la visión panorámica de casitas blancas y villas multicolores, esparcidas por las laderas de las colinas que la circundan y, en fin, las aguas tranquilas de su bahía, en las que se balancean elegantes yates de placer, hace que Oban presente un conjunto pintoresco y agradable a la vista».

Hotel-Caledonia-de-Oban-y-muelleY será en el Hotel Caledonian, “situado en la misma playa, casi frente al muelle“, donde su propietario, el señor MacFyne, les indica dónde poder ver el rayo verde:

«Cuando estuvo al corriente de aquel grave asunto, el señor MacFyne declaró que todo podía arreglarse a satisfacción general, sin hablar de la satisfacción particular que él experimentaría conservando el mayor tiempo posible viajeros tan distinguidos.
¿Qué es lo que quería la señorita Campbell, y, en consecuencia, qué reclamaban los señores Sib y Sam Melvill? ¿Una vista del mar libre con un ancho horizonte? Nada más fácil, puesto que se trataba de observar aquel horizonte sólo a la puesta del sol. ¿Que no podían verlo desde el litoral de Oban? Bueno. ¿Sería suficiente situarse en la isla Kerrera? No. La gran isla de Mull sólo dejaba descubrir una pequeña porción del Atlántico al sudoeste. Pero bajando por la costa se encontraba la isla de Seil, cuya punta norte se halla unida por un puente a la costa escocesa. Allí no existe obstáculo alguno para disfrutar de la vista de una extensión de mar que abarca las dos quintas partes del cuadrante…».

¿Cuántos de los que llegan a Oban en los cruceros conocen lo que aquí estoy contando sobre El Rayo Verde y Julio Verne?

¿Cuántos de losturistas que llegan a Oban en los ferrys  conocen lo que aquí estoy contando sobre El Rayo Verde y Julio Verne?

Así que, lectores y lectoras, este es el contexto literario verniano con el que recorrí las calles de Oban el pasado 31 de julio. Y de lo que allí ví y fotografié hablaré en el próximo artículo.

Hall del Hotel Caledonia

Hall del Hotel Caledonia

Os dejo con esta recreación -con muchas libertades imaginativas añadidas- de la obra El Rayo Verde.

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